miércoles, 9 de octubre de 2013

De mudanza

Como bien podéis ver, este pobre blog cayó hace tiempo en el abandono. Las razones fueron múltiples y no viene a cuento enumerarlas ahora, pero para cualquier lector que quiera seguir a este (por ahora) joven periodista, me mudo a http://seismillonesyuno.wordpress.com/ para continuar ejerciendo la misma labor (o parecida).

Un saludo y gracias por vuestro tiempo.

martes, 29 de marzo de 2011

Rojo

Rojo. Todo rojo. Nada aparte del rojo.
El suelo teñido de rojo. Mi cara, roja también. Mis manos, rojas. Mi ropa se olvida de sus antiguos tonos para abrazar el rojo. Incluso la mujer que tengo ante mí parece burlarse, escupiéndome rojeza. De su cuello, de su boca. Solamente mana rojo.
Un cuchillo rojo. El rojo está por todas partes. No puedo huir de él. Sólo darle lo que quiere. El rojo llama al rojo. Porque no hay suficiente rojo aún. Una marea de rojo es necesaria.
Con la hoja teñida, el rojo debe encontrar nuevas fuentes. Un cuello ya da todo lo que tiene. Otro tiene que unirse al festín y sólo hay otro en la habitación. Así que, dejemos que el mundo se olvide del resto de los colores. Que el rojo lo inunde todo, porque así lo quiere el rojo.

domingo, 27 de marzo de 2011

Días

Hay días.
Días en que todo parece ir bien. Días en que todo parece ir mal.
Días en que parece que cada uno de los semaforos por los que pasas se ponen en verde ante ti. Días en los que los maldices por tomarte el pelo, poniéndose en rojo justo cuando tú llegas.
Días en los que el autobús llega a la parada a la vez que tú. Días en los que se te va en las narices y tarda una eternidad en llegar el siguiente (si es que lo hay).
Días en los que luce el sol, sobre todo si estás en la calle. Días en los que en cuanto pones un pie en la calle te cae un chaparrón.
Días en que vas a comprar o a hacer cualquier cosa y no hay cola ninguna. Días que pasas en una y otra cola, porque parece que todo el mundo tiene que hacer exactamente lo mismo que tú, aunque tardando aún más.
Dias en los que cada persona que te cruzas te arranca una sonrisa, incluso porque la otra persona va cabreada y aprecias tu buen humor. Días en los que eres tú la persona cabreada que se caga en la leche de la persona feliz que se cruza.
Días, días y más días. Diferentes todos. Pero con una cosa en común: son días. Días que pasan. Que se van como vinieron. Que para lo bueno y lo malo, se acaban en el mismo lapso de tiempo, 24 horas.
Y no sé tú, pero a mí no me gusta tirarme 24 horas amargado. Así que las próximas 24 horas me las voy a pasar como las 24 anteriores: viviendo en las primeras frases y no en las segundas. Porque al final el día es el mismo, lo que cambia es la expresión de la cara de cada uno y las neuras en nuestro cerebro.

lunes, 15 de noviembre de 2010

Envidias

Un hombre vivía en lo alto de una gran montaña. Tenía todo lo que podía necesitar para vivir y disponía de algunas de las mejores vistas del mundo. Sin embargo, pasaba horas mirando al inmenso bosque que se extendía a los pies de la montaña sobre la que vivía. Envidiaba a todos aquellos que disfrutaran de esa arboleda, donde seguro que había mucho más movimiento y no se caía en el hastío en que él se encontraba sumido.
Mientras tanto, otro hombre se encontraba muchos metros por debajo de aquel, en el bosque que se encontraba a los pies de la montaña. Mientras procuraba escapar a los diversos animales que le acechaban, envidiaba a aquellos que se aburrían.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Culpa

Hoy, al revolver el baúl del desván, mis manos tropezaron otra vez con el cuchillo. Debería deshacerme de él. Sin embargo, me da miedo sacarlo siquiera, no vaya a ser que algún vecino me vea. ¿Y si lo tirara a la basura? Algún gato podría romper la bolsa y si los basureros lo ven puede que avisen a la policía.
¿Por qué? ¿Por qué tuve que hacerlo? ¿Por qué en lugar de una simple bofetada, como en otras discusiones, tuve esta vez que coger el cuchillo y hundirlo en su estómago? ¿Por qué la maté?
También está el cuerpo. La idea de que el perro se lo coma no parece mala, pero el maldito chucho apenas prueba bocado. ¿Y si aparece alguna visita inesperada? Ahora que estamos en verano, querrá algo para refrescarse. Y en algún despiste mío podría abrir el congelador, donde sólo encontrará dos ojos que clavarán una inerte mirada sobre él. Y entonces tendré que matar también al molesto visitante.
Además, para que los vecinos no sospechen debo inventar una buena excusa. No la verán más, asi que tengo que hacerles creer que está de viaje o algo así. Y luego, podré declararla desaparecida. Podría sacar un billete de tren o de avión como prueba del viaje. Aunque tal vez haya algún tipo de registro con el que puedan demostrar que no lo cogió. También tenemos el coche. Si lo tiro al río por la noche, puedo decir que se fue con el coche de viaje y que no sé dónde puede estar.
¡El timbre! Alguien llama a la puerta. No puedo abrir. Puede ser un vecino fisgón. O la policía, llamada por un tiquismiquis que se haya extrañado por algo. ¡Qué complicado es todo esto! No sé si podré vivir así. Lo que más cómodo se me antoja es la muerte. Así no tendré que abrir la puerta, ni que responder ante nadie. Ni iré a la cárcel hasta que la muerte llegue a mi celda. Parece ser que al final el cuchillo será tanto mi perdición como mi solución.

lunes, 30 de agosto de 2010

Sacrificios de una abuela

Mi abuela nunca fue atea. Nunca se pudo dudar de ello. Iba a misa todos los días rosario en ristre. Rezaba antes de comer y de dormir. Y si su fuerza de voluntad flaqueaba ante algún pecado, no descansaba hasta que el sacerdote del pueblo la absolviese. Sin embargo, no todos los pecados le escocían por igual. Un pecado con el que conducir a aquellas mentes descarriadas que se apartaban del camino del Señor era algo permisible.
Muestra de ello fue su manera de convencernos a sus nietos de que debíamos llevar a cabo los sacramentos de la fe católica. Ante la realidad de que sus dos nietos menores, chico y chica, no queríamos llevar a cabo el rito de la confirmación, ella puso en marcha su estrategia para evitar semejante error. A mí, su nieto más joven, me preguntaba en numerosas ocasiones por qué no quería hacer la confirmación, y ante mi férrea postura me exponía la posición de mi prima, de mi misma edad y, según nuestra abuela, deseosa de llevar a cabo el santo sacramento. Por otro lado, cuando era su nieta la que se encontraba con ella, la historia era la misma aunque con los papeles invertidos: ella se negaba a confirmarse y yo era el modélico primo que esperaba con ansia dicho momento.
Pero toda historia tiene su final. Y el de esta historia llegó con el de una vida: la de nuestra anciana abuela. Su periodo vital tocó fin y toda la familia se reunió para rendirle tributo y despedirse de su cuerpo. Y así nos juntamos los primos recordando a nuestra abuela. Hasta que tuvo lugar un momento anecdótico, en el que ambos afirmábamos que el otro iba a hacer la confirmación. Momento en el que la imagen de la abuela beata y modélica se tambaleó y ambos fuimos conscientes de lo relativas que son las convicciones religiosas en esta vida. Porque para nuestra abuela, era mayor pecado dejar que nos apartáramos de las enseñanzas católicas que la mentira necesaria para intentar mantenernos fieles a su fe.

viernes, 16 de julio de 2010

Huellas

La cueva está realmente oscura. Saldría corriendo si no fuera por la seguridad que me da la compañía de la escopeta de caza que cogí de la habitación de mi padre y por el cinto cargado de cartuchos. Sé que entre estas paredes rocosas, en algún lugar, está ese oso. Todos están asustados porque ha matado a un par de hombres en el bosque. Pero ellos no llevaban una escopeta.
Además, seguro que estaban acojonados. El miedo los debió dejar paralizados e hizo que no pudieran huir. Pero yo no tengo miedo. Tengo la escopeta cargada y le destrozaré el cráneo a tiros a ese oso sin que me tiemble el pulso. Dispararé los dos cartuchos de la escopeta y luego la volveré a cargar para rematarlo.
Cuando vuelva al pueblo, ya no seré el pequeño ni el canijo. Seré el salvador, aquel valiente que mató al fiero oso asesino. Todos corearán mi nombre y querrán ser mis amigos. Y las chicas querrán salir con alguien tan decidido como yo. Incluso ella. No dudará en caer rendida a los pies de alguien capaz de seguir las huellas de un oso hasta su guarida y acabar con él sin la ayuda de nadie. Y luego...
¡Agh!
...
Tengo frío. No sé por qué. Estoy tendido en el suelo y tengo frío. Con mi ojo derecho sólo puedo ver algo rojo, que me tapa la visión. No entiendo nada. ¿Y mi escopeta?